Presentación de la edición de 20 ejemplares

miércoles  21 de Julio a las 20,00 a 22,00 con presencia del artista.


 EXPOSICIÓN  PRORROGADA HASTA EL 23 de JULIO
  



Javier Chavarría
instalación y dibujo
"Hanno ucciso un poeta" Han matado a un poeta

Javier Chavarría a través sus dibujos y maquetas cuestiona los espacios que en nuestra sociedad están destinados a la difusión de las ideas, la tolerancia frente a la diversidad de discursos y la posibilidad o imposibilidad de su convivencia. Hanno ucciso un poeta, (Han matado a un poeta) es la frase pronunciada por Alberto Moravia en el funeral del poeta, cineasta y periodista Pier Paolo Pasolini, en 1975 y es el punto de partida de la exposición.



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La frase, Hanno ucciso un poeta, convertida en un cartel de letras de madera de 3 X 3 metros, ocupa casi toda la sala de la galería, llegando del techo al suelo, y convirtiendo las palabras de denuncia en un grito que no cabe en el espacio. “Han matado a un poeta” advierte de la necesidad de los intelectuales y los artistas en una sociedad con tendencia a tecnificarse y que deja de lado el espacio a la sensibilidad y a la reflexión humanista.

Esta frase, incluso puesta en cualquier contexto, advierte de la fragilidad de los arquetipos que hemos construido. La fragilidad del equilibrio de nuestro organizado mundo occidental, que está construido sobre cimientos endebles y  que se levanta como una fachada que no tuviera nada detrás.

En la exposición aparecen otras frases relacionadas con Pasolini, como: “todos estamos en peligro” que fue pronunciada por el poeta en su última entrevista. La lectura más simplista sería hacer hincapié en el aspecto premonitorio de la misma, dado que el autor fue brutalmente asesinado esa misma noche. Pero resistiéndome a esta asociación, la advertencia de Pasolini, dirigida a un público amplio, alertaba sobre la dramática materialización de la sociedad italiana del momento (1975), la perdida de referentes éticos y espirituales, la veloz carrera hacia un consumismo sin freno y hacia un progresivo e imparable abandono de los más elementales valores sociales y personales.

También encontramos en los dibujos la máxima latina Sapere Aude acuñada por Horacio en el siglo I a.C, encontrada en una carta a su amigo Lolius. Su divulgación contemporánea se debe a Immanuel Kant, en su ensayo ¿Qué es la  Ilustración? Tiene muchas traducciones pero, en el contexto de la carta de Horacio se puede entender como «tener el valor de usar tu habilidad para pensar». También se traduce como «atreverse a pensar» o «atreverse a saber». Y el artista la usa en el contexto de la exposición con la intención de exhortar al público a que hagan un ejercicio de toma de conciencia. Una vez que se conoce se debe actuar, y éste es un drama que muchos preferirían evitar. Por ello, Sapere Aude te pide que tengas el valor de saber y ser consecuente.

Los dibujos nos hablan de los diferentes espacios que los ciudadanos encuentran en la sociedad para poder expresar sus ideas y mostrar sus puntos de vista. Frente a los formatos oficiales (urnas y escrutinios) el cartel en la calle, la pancarta o la octavilla sirven para dar forma a la voz que nadie escucha. Con esta intención, Javier Chavarría idea espacios y  construcciones para dar voz al ciudadano que permiten visibilizar las diferentes posturas.

Por otra parte el poeta vela por toda la sociedad y su asesinato es el del centinela que nos avisa de los peligros. Sin él estamos desprotegidos frente a las agresiones contra los valores imprescindibles.

La obra quiere hacer oír bien alto, bien claro que nuestra construcción social es frágil y que no estaremos seguros hasta que no lo estemos todos; cada raza y cada etnia, cada individuo con sus verdades y sus ritos, cada ecosistema, incluyendo la Naturaleza en cualquiera de sus expresiones.

En su planteamiento formal, la obra contrapone los brillantes colores de la amable sociedad de consumo y su formato más tipificado (el del cartel publicitario), con una verdad que cuesta asimilar; los más asentados y reconocidos logros y conquistas en el campo de los derechos del hombre, el enorme esfuerzo del día a día por construir una sociedad justa y segura se puede perder con la  facilidad con la que  desaparece bajo las llamas el bosque, en el fragor de un incendio.

Su tamaño y aislamiento evocan la ruina de una civilización pasada, lo que le confiere a la obra un cierto aspecto de paisaje después de la batalla.


La exposición se encuentra en el marco del festival VISIBLE, (http://www.festivalgayvisible.com) que trata de normalizar y hacer visibles los colectivos LGTB en el marco de una sociedad plural y abierta. En este contexto, la obra de Javier Chavarría entronca precisamente con la posibilidad de encontrar un lugar en un entorno social normalizado para poder expresar comportamientos que se escapan a los modelos tipificados.

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Texto por María Iñigo para la exposición

Los setenta italianos se conocen como los años de plomo, Anni di piombo, ya que estuvieron marcados por la inestabilidad gubernamental, la lucha armada y la violencia callejera. Pier Paolo Pasolini filma sus últimas películas mientras nacen infinidad de organizaciones de izquierda y se suceden constantes atentados. Hay quien ha apuntado que la década comenzaba en 1968 con las manifestaciones y la masacre de la Piazza Fontana en Milán, en la que murieron 17 personas.

Esta instalación y el conjunto de dibujos que la acompañan también cuentan una historia, pero tratando siempre de rodear esa pantalla de representación y mostrar lo que hay detrás, narrar desde el punto ciego de la mirada. Muestran las cosas que se quedaron fuera de cuadro. Los dibujos explican el proceso de construcción de la imagen, parecen ser bocetos de una instalación pero rápidamente se delatan ellos mismos como pura escenografía que representa esa misma construcción: no sabemos si esos carteles están siendo montados o desmontados, si la consigna “todos estamos en peligro” está por ser lanzada o si ya ha sido consumida y está obsoleta.

Aunque la muerte del director Pier Paolo Pasolini pasó a formar parte de otra escenografía, la de la escena mediática, estos dibujos retoman esa historia para contarla como el propio Pasolini pudiera haberlo hecho; haciéndolo a través de la poesía: “poesía es para Pasolini, una mezcla de tragedia, lucidez crítica y un goce dionisiaco que abre los sentidos a la experiencia física (y metafísica) de la vida siempre al borde de la catástrofe” según Eduardo Gruner. Cuando Alberto Moravia dice en su discurso durante el funeral del poeta, “hoy a muerto un poeta” habla de la muerte de la poesía y  de la muerte de una posibilidad para el pensamiento critico; de esa posición privilegiada e incómoda del artista que puede ser político más allá de las ideologías y vivir en el intersticio. Por eso tiene mucho sentido usar la fachada de un centro okupado para mostrar sus palabras, como hace Javier Chavarría en uno de sus dibujos en esta exposición, más allá del activismo partidista la muerte de un poeta es la muerte de ese espacio crítico visceral y autónomo:

“No me gusta eso que hipócritamente se llama postura independiente. Si soy independiente lo soy con ira, dolor y humillación: no apriorísticamente, con la serenidad de los fuertes, sino a la fuerza”.

 “Ha muerto un poeta” es un grito en el espacio expositivo que, al igual que la pantalla de cine llena necesariamente la sala de proyección, acorralando la mirada y asfixiado el espacio. Para proyectar la idea de que no cabe nada más. Aquello que está realizado para ser visto por un gran número de personas desde lejos, aparece aquí invadiendo la mirada individual con una distancia mínima. Es el encuentro súbito con ese impulso comunicativo. La propia valla desterritorializada es una referencia de desplazamiento y conexión de los diversos lugares de lo político: es un dispositivo público de masas introducido en un espacio privado y limitado. Se ha convertido en soporte para lo personal aunque siempre haya sido un elemento absolutamente despersonalizado. Es un imperativo a la búsqueda de los valores propios y a la valentía que implica pensar: Sapere Aude.

A menudo los paisajes para Pasolini no tiene que ver tanto con el espacio concreto, como con un estado emocional. Los dibujos presentan estas vallas en diferentes situaciones, como si fuesen vestigios de una civilización anterior, en ningún o cualquier lugar.  Pero más que contextos sociales concretos,  también son estados de compulsión expresiva. Todos esos elementos forman parte de una misma historia de esa lírica de la resistencia, cargados de una gran densidad utópica. También su cuerpo cubierto se convierte en un paisaje desértico pero esta vez temporal ya que el cielo estrellado está representado tal y como se vería en que la noche en que fue asesinado.  Ese mismo año Sartre perdió la vista.


María Iñigo


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